Mié. Feb 25th, 2026

Para los empresarios que ya estaban tronándose los dedos y haciendo cuentas con el rosario en la mano, respiren profundo. La aprobación de la reducción de la jornada laboral a 40 horas viene con manual de instrucciones y no será un golpe seco. En San Lázaro, se dejó claro que se entiende la realidad de las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas (MiPyMEs), que son el verdadero motor de este país.

El diputado Pedro Haces, al presentar el dictamen, reconoció que un cambio de este calibre genera «ñáñaras» en el sector patronal. Y cómo no, si organismos como el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) habían soltado el dato de que los costos laborales podrían dispararse entre un 22% y un 38%. Pero, ojo, el legislador aseguró que esos impactos son manejables si se hacen las cosas con cabeza fría.

La clave del éxito de esta reforma está en una palabra: gradualidad. No se va a imponer la ley del «ahí te va» de un día para otro. El calendario arranca hasta 2027 con una jornada de 46 horas. De ahí, nos vamos bajando dos horitas por año hasta llegar a la meta en 2030. Son cinco años de colchón para que los patrones ajusten sus relojes y sus procesos.

Este tiempo es oro molido para las empresas. Permitirá reorganizar los turnos, invertir en capacitación y, sobre todo, meterle a la tecnología. Ya no se vale seguir operando con libretita y lápiz. La modernización de procesos será obligatoria para mantener la producción sin tener que contratar al doble de personal o pagar horas extra a lo loco.

Además, se prometió que vendrán esquemas de flexibilidad regulada en las leyes secundarias. Esto significa que cada sector, desde el restaurantero hasta el industrial, tendrá reglas del juego adaptadas a su realidad. También se perfilan créditos y apoyos gubernamentales específicamente diseñados para que las MiPyMEs no se queden en el camino de la modernización.

Un punto interesante que se debatió es el de los «costos ocultos». A veces el empresario solo ve la nómina, pero no cuenta cuánto le cuesta la rotación de personal, los accidentes por cansancio o las incapacidades. Una jornada razonable reduce estos gastos hormiga que, a la larga, salen más caros que el caldo que las albóndigas. Menos errores y empleados más fieles a la empresa es lo que se busca.

También hay que decirlo: esto va a requerir que el gobierno se ponga las pilas con la inspección laboral. El gran reto será evitar que, para sacarle la vuelta al costo, las empresas empujen a la gente a la informalidad o a la simulación de contratos. La autoridad tendrá que tener ojo de halcón para que el piso sea parejo para todos.

El mensaje para la iniciativa privada fue claro: el bienestar del trabajador es la base del crecimiento económico. Si el empleado tiene más tiempo libre, también tiene más tiempo para consumir bienes y servicios, lo que reactiva el mercado interno. Es un círculo virtuoso donde el dinero se mueve en lugar de estancarse.

México llega tarde a esta fiesta, pero llega. Países como Chile ya implementaron modelos de 4×3 (cuatro días de trabajo por tres de descanso) y no se les cayó la economía. Al contrario, la innovación floreció. Así que, empresarios capitalinos, es hora de afilar el lápiz y apostarle a la eficiencia, porque el modelo de ganar dinero a costa del agotamiento ajeno ya caducó.

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